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La situación de la mujer en México, al igual
que en el resto del mundo, siempre ha estado en desventaja
con respecto a la del hombre. De acuerdo con el Centro de
Información de la Organización de las Naciones
Unidas (ONU), en la actualidad, el 60 por ciento de los pobres
del mundo son mujeres, dos terceras partes de los adultos
analfabetas pertenecen al sexo femenino, una cuarta parte
de los jefes de familia son mujeres y el sueldo de las mujeres
es entre un 30 y un 40 por ciento menor que el de los hombres
que desempeñan trabajos similares.
Por otra parte, de acuerdo con el INEGI, en México,
nueve de cada 10 víctimas de violencia doméstica
son mujeres y la Organización Panamericana de la Salud
prevé que una de cada cuatro mujeres sufrirá
la violencia sexual de su pareja a lo largo de su vida.
Cifras como las mencionadas nos permiten comprender por qué,
en los albores del siglo XXI, las mujeres necesitan seguir
uniéndose y preparándose para exigir equidad
de género y luchar por mejores oportunidades de trabajo
y acceso a la educación y la salud, porque, como pilar
fundamental de la familia, la igualdad de oportunidades significa
un elemento de cambio social que repercute no sólo
en beneficio de las propias mujeres sino también en
el de sus hijos, sus hijas, su familia y la comunidad en general.
Numerosos estudios muestran que, cuando las mujeres cuentan
con un grado más alto de educación, su salud
reproductiva mejora, su productividad y su nivel de ingresos
se incrementan y ellas desarrollan un mayor grado de libertad
y poder sobre su vida, con la consecuente posibilidad de tomar
mejores decisiones sobre su bienestar y el de los suyos.
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